Veo varios problemas en una parte de la juventud actual, aunque también creo que hay que empezar por algo evidente: con 18 o 19 años todavía te falta mucha madurez y experiencia.
Dicho esto, creo que hoy existe un problema añadido: los jóvenes han crecido en un entorno en el que, afortunadamente, han tenido prácticamente de todo. Vivimos en un país estable, en paz, con derechos, comodidades y una abundancia que generaciones anteriores no tuvieron. El inconveniente es que, cuando nunca te ha faltado nada, puede resultar más difícil aprender cuánto cuestan las cosas y desarrollar tolerancia a la frustración. Ves chavales que se desesperan porque les quitan el móvil, porque no funciona Internet o porque algo no sale inmediatamente como quieren. Y la vida, tarde o temprano, te obliga a enfrentarte a frustraciones, decepciones, esfuerzo y situaciones injustas.
También creo que ha cambiado bastante la educación en casa, cada vez veo más situaciones que antes me habrían resultado extrañas: niños jugando y armando jaleo a altas horas de la noche, o padres que, ante una llamada de atención de un profesor, cuestionan automáticamente al profesor delante de sus hijos. Cuando yo era joven, si un profesor llamaba a casa porque habías hecho algo mal, lo normal era que después tuvieras que dar explicaciones a tus padres. Si un niño aprende que cada vez que alguien le pone un límite sus padres van a intervenir para quitárselo, difícilmente aprenderá a aceptar normas, autoridad o consecuencias.
No creo que eso explique por sí solo el aumento de los problemas de salud mental entre los jóvenes, porque es un asunto mucho más complejo, pero sí pienso que aprender a gestionar la frustración, el fracaso y las decepciones es fundamental para desenvolverse como adulto.
Con el trabajo veo algo parecido. Se ha extendido la expectativa de que lo deseable es trabajar sentado, con flexibilidad, buenos horarios, un sueldo alto desde el principio y, si es posible, en un puesto directamente relacionado con aquello que has estudiado. Al mismo tiempo, los trabajos manuales, técnicos o que requieren mayor esfuerzo físico parecen haber perdido prestigio social.
En España, además, durante mucho tiempo hemos cometido el error de considerar la Formación Profesional como una alternativa de segunda categoría frente a la universidad. Sin embargo, el mercado laboral necesita muchísimos técnicos cualificados, y tener una carrera universitaria no garantiza automáticamente un buen puesto de trabajo ni un determinado salario.
En informática lo he vivido personalmente. Una vez tuve unos becarios de grado superior que me preguntaron por qué les asignaba una tarea que también realizaba gente de grado medio. Para mí, ese planteamiento era precisamente parte del problema. Cuando estás haciendo prácticas en una empresa, estás allí para aprender y aportar, no para decidir que determinadas tareas están por debajo de tu titulación. En IT, si hay que desplegar urgentemente un parche de seguridad, arrima el hombro quien haga falta. No importa demasiado lo que ponga en tu título.
Estudiar te proporciona conocimientos y oportunidades, pero no te concede automáticamente el derecho a ocupar un determinado puesto. Después hay que demostrar capacidad, trabajar, aprender y progresar. Yo estudié para ser técnico especialista en máquinas herramienta y terminé siendo manager de IT. Ese recorrido no estaba escrito en ningún título: fue consecuencia de años de trabajo, aprendizaje y adaptación.
Y precisamente por eso creo que se ha perdido algo valioso con la desaparición progresiva de la figura del aprendiz. Empezar desde abajo, trabajar junto a alguien con experiencia, asumir tareas sencillas y progresivamente adquirir responsabilidades enseñaba no solo un oficio, sino también algo que ningún título puede garantizar: humildad profesional, disciplina, experiencia y cultura de trabajo.