“Tenemos suerte”, suspira Volodímir, de 77 años, asomado al balcón de su casa medio destruida en Kramatorsk. Delante, los hierros retorcidos y roídos por las llamas de lo que hasta una semana antes eran dos de los autobuses de línea de la ciudad.
Una bomba planeadora rusa cayó en medio de ambos y mató a 30 personas el 8 de octubre. Volodímir y su mujer, Ludmila, de 67 años, habían salido unos minutos antes al mercado. Al regresar, se toparon sin esperarlo con el infierno en la calle Yuvileina, que transcurre delante de su edificio. “Tenemos suerte”, repite incidiendo en los cuantiosos daños que sufre su apartamento al tiempo que acaba de cubrir las ventanas con tablones facilitados por unos soldados.
Kramatorsk,
el mayor núcleo de población que mantiene Kiev bajo su autoridad en la región oriental de Donetsk, es a estas alturas la joya más preciada por Moscú en esta zona de Ucrania. Las tropas invasoras, a una decena de kilómetros, ya la ocuparon tres meses en 2014.
Ahora, como no logran avances significativos, la asedian día y noche desde el aire para hacer imposible la vida en ella. Y lo están logrando.
Volodímir y Ludmila cada vez han de andar más para ir a por comida o agua. Tienen claro que el autobús no pueden volver a emplearlo más. El supermercado más próximo ha sucumbido a los ataques. Quizás por tener que desplazarse más lejos el día del bombazo se salvaron, da a entender él. Pero deja claro que la metralla acabó también con su nevera, la televisión y —para él importante— su butaca.
Así que ha llegado la hora de irse, reconoce. En cuanto deje todo lo aislado que pueda el apartamento, hacen las maletas y se van. Ya estuvieron un año fuera, en un pueblo no muy lejos, al principio de la
gran invasión rusa en 2022. Ahora no tiene claro dónde se instalarán, pero cuenta que mantienen amigos en diferentes zonas del país dispuestos a acogerlos. “¿Qué otra cosa podemos hacer?”, justifica.
Las autoridades locales, conscientes de que Rusia no va a dejar de apretar el acelerador, ha impuesto una medida draconiana desde el 1 de noviembre en todo el territorio que controlan de Donetsk salvo en un par de localidades. Se trata de decretar un estricto toque de queda entre las 16 horas y las 11 de la mañana. Es decir, los habitantes que aguanten todavía tendrán que estar 19 horas al día resguardados.
Ya desde el 22 de octubre impera la prohibición de que vivan niños tanto en el distrito de Kramatorsk como en el de la ciudad vecina de Sloviansk. “Permanecer allí con niños supone un riesgo injustificado”, advierte Vadym Filashkin, jefe de la autoridad regional.
El presidente Volodímir Zelenski cree que sería “muy peligroso” que sus tropas cedieran en este frente. Por eso, lo mantienen “estrechamente reforzado”, porque de ello depende la seguridad del país ante la idea de Rusia de avanzar hacia la vecina región de Dnipro, explicó, con una mapa sobre la mesa, en una entrevista con el inversor británico Steven Barlett publicada el jueves.
Drones, no; artillería, sí
El día está nublado, chispea y el ambiente está brumoso. Mal día para que los drones rusos hagan de las suyas. Aun así, por las calles de Kramatorsk apenas circula gente. Algunos avanzan como fantasmas, con la mirada fija en la acera. Otros, se detienen sin dudarlo y se explayan. Para ellos supone una especie de ansiolítico contar cómo es resistir en
esta ciudad cada vez más carcomida por la guerra. La lluvia no ayuda a los drones, pero parece no interferir en la artillería. Los estruendos son ostensibles y, a veces, las pasadas rasgan el cielo por el centro de la ciudad.
Aprovechando la ausencia de drones, Igor, un soldado de 43 años de la Brigada 24, pasea con su vetusto rifle al hombro. “Este kalashnikov es un año más viejo que yo”, comenta entre risas. “Pero funciona bien”, aclara. Asegura que ya ha derribado más de uno de esos aparatos. Muestra la foto del dron a los pies de su cama como trofeo. Parte de su misión es también rescatar de las redes que cubren las calles, como medida de protección, los aparatos rusos que se quedan atrapados. Los desactivan y entregan a sus compañeros para que reutilicen todo lo que puedan.
A unos centenares de metros, rodeada de edificios semiderruidos, se levanta muy malherida la iglesia ortodoxa de la Natividad de San Juan Bautista, bombardeada el 22 de septiembre. Varias palomas merodean buscando alimento entre los cascotes. No es el único templo atacado directamente.
“Ya ves la situación por ti mismo”, afirma Serguéi, de 64 años, mientras gira arriba la vista hacia el edificio que se alza junto a él. La mole de una decena plantas está devastada, pintada de negro por el humo y con un boquete en medio de la fachada, donde impactó el proyectil que ocupa varias plantas apartamentos.
“Si tuviéramos dinero, ya nos habríamos ido”, explica este jubilado, que vive junto a su hermana y el hijo de ella, que sufre una discapacidad. Los dos regresan a casa tras cargar los teléfonos móviles. Pese a los ataques, las limitaciones en los suministros básicos como agua o luz obligan a los ciudadanos a pisar la calle. “A este distrito nadie quiere venir ahora”, aclara, no lejos de donde siguen inmóviles los esqueletos de los autobuses, con la mirada puesta ahora en el local calcinado que acogía hasta hace poco un supermercado.
Hay establecimientos como este a los que las bombas obligan a echar el cierre. Otros lo hacen por la inseguridad y la falta de clientela. Toda esta espiral bélica absorbe también a miles de personas, que se van por sus propios medios o son evacuadas en un incesante goteo.
En el 30% de la región de Donetsk que controla Kiev viven todavía unas 71.000 personas, de las que 3.000 son menores, informaron las autoridades locales. En las dos primeras semanas de octubre unas 4.300 se han marchado, la mitad de ellos de Kramatorsk.
Vida imposible
Natalia, mujer de soldado, regresa hacia casa tras dejar empaquetadas en una sede de la empresa Nova Poshta todas las pertenencias que se va a llevar consigo. Los voluntarios que organizan las evacuaciones solo permiten pequeños bultos para que estas no se conviertan en mudanzas que compliquen las operaciones. “¿Puedes meter toda tu vida en una maleta?”, se pregunta.
La mujer, que no quiere dar su edad, se irá al oeste de Ucrania junto a su madre, Vira, de 83 años, antes de cruzar ambas a Polonia. Allí vive un hijo de Natalia, que les insiste a diario para
que se vayan de Kramatorsk. “La vida aquí se ha vuelto imposible”, acepta con cierta tristeza ella recordando que unos días atrás pasó el día de su cumpleaños sola delante de una taza de té como toda celebración.
Cuenta que la vida le iba bien al frente de su negocio de mantas, edredones y cojines. También como de costurera, pues disponía, recalca, de varias máquinas profesionales de las que solo se podrá llevar tres pequeñas. Pero la guerra no le impide iluminar su rostro con maquillaje, con unas cejas cuidadas y los labios rojos. “Esto no puede considerarse maquillaje”, responde negándose a posar para una foto. “Ahí detrás todavía queda una chica que nos hace la manicura”, apunta.
Al contrario que Natalia y otros vecinos consultados, los hay que no tiene pensado irse. Gregori, profesor de Física jubilado de 83 años, vive junto a su mujer en uno de los portales de un bloque literalmente partido en dos por una bomba planeadora. “Estamos vivos. Lo único es que pasamos un poco de miedo”, explica refiriéndose a la mañana del ataque y restando importancia al desolador escenario que tiene delante. “No tenemos previsto irnos a ningún sitio”, deja claro.
La que asumió hace algunas semanas que tenía que irse es Irina Artiomova, propietaria de una de las más sorprendentes atracciones que quedaban en la ciudad, el acuario. Los bombardeos habían llegado a las instalaciones, en el centro, aunque sin dañar a ninguno de los ejemplares que hacían las delicias de los soldados y sus parejas las tardes de asueto.
Las pirañas, las tortugas, las rayas y todas las demás especies de las peceras han sido evacuadas en coche o en tren hacia instituciones públicas o a particulares. También una serpiente pitón, entre otros animales que les habían ido dejando en depósito las
familias que se iban de Kramatorsk. “Hace poco fuimos a ver a algunos de ellos al Oceanario Nemo de Járkov y nos alegró comprobar que se han integrado muy bien y han empezado a tener crías”, agradece.
Por la solitaria plaza central de la ciudad, delante del Palacio de Cultura y Tecnología, camina portando una bolsa de plástico Olena, de 71 años. Tampoco la guerra la va a echar a ella, asegura. “No tengo miedo. Voy caminando e incluso pensando que pueden matarme, pero ya he vivido mi vida. El problema es cuando te quedas herido, es mejor que te maten”.
Poco después, el cielo se abre y la tarde se ilumina.
En minutos los drones rusos dan por terminada la tregua. Empiezan a aparecer golpeando, entre otros objetivos, un vehículo en el que viajan dos militares, de cuya muerte no dan cuenta fuentes oficiales. También alcanzan, sin generar graves destrozos en el exterior, la sede del Palacio de Cultura. Ese ante el que Olena dijo que para ella no existe el miedo. Sin nubes ni lluvia, Kramatorsk recupera su ritmo infernal.