Pues nada, ayer por la tarde acompañé a unos amigos a recoger su coche nuevo.
Un Toyota Corolla Cross 180. Ella se empeñó en que fuera rojo. Y acabaron comprándolo en Barcelona.
Lo matricularon hace 10 días. Y ayer, por fin les llegó.
En camión, junto a otros coches.
Les preguntaron que dónde se lo entregaban. Que mejor en un sitio tranquilo. Dijeron que frente a la Toyota de Oviedo, con esperanzas de que les ayudaran con la entrega. Por supuesto, pasaron. Son empresas distintas (no entiendo muy bien que desde Oviedo no puedan comprar una unidad roja a Barcelona, pero bueno).
El caso es que ayer era el gran día. Se supone que el camión llegaba a las 17.30. Pasamos a hacer tiempo en una cafetería del polígono. A las 18.30 no había rastro de él. Mi amigo llamó a Barcelona. Le dijeron que estaba a unos 60 km. de Oviedo, unos 45 minutos de viaje, Que llamaría el camiionero.
El caso es que a las 19.15 les dije que nos íbamos hasta el punto de rocogida. Y, en efecto, allí estaba el camión, recién llegado. Y el él, el Corrolla, cubierto de polvo y con las ruedas rebozadas en barro. El camionero, un ucarniano residente en Santiago, apenas hablaba español. Iba entregando coches casi a domicilio.
El caso es que, tras bajar un Nissan QQ también flamante, bajó el Corolla Cross. Como dije, polvo y barro. Pero al abrirlo, aparecieron mosquitos muertos en la alfombrilla del conductor. Antes de que se subieran, la saqué y la sacudí contra una pered.
Lo más curioso de todo es que el coche no olía "a nuevo". No sé si es que con tanto trasiego perdió el olor o si es que ese olor lo ponen en el concesionario durante la preentrega.
En plena calle, y bajo la llovizna (insisto, todo esto frente al conce de Toyota, ya cerrado a esas horas) revisión del pedido y del propio coche y comprobación de que todo estaba en orden. Lo estaba. Tocaba formar el pedido. Apretón de manos con el camionero, que se va a Pravia a entregar otro coche.
Y llega la hora de la verdad. Ponerlo en marcha. Mi amigo viene de un coche del 99. Ni idea de lo digital. Pero bueno, es apretar un botón y ya. Comprobamos que tiene gasolina para 140 km. Les ayudo a configurar el infotormento en español. Y a emparejar el teléfono. Ponemos en marcha el clima. Hay que regular asiento y volante.
Con todo en orden, es cosa de mover el coche. Cambio en D, acelerador, y nada. El freno de mano. Se baja. Y el coche empieza a moverse.
Son las 20.20. Les digo a mis amigos que vayan delante, que les sigo. Un par de kilómetros después, compruebo que todo va en orden, les doy ráfagas y sigo mi camino.
En parte, la sensación de estrenar coche tiene un punto de magia, de ritual: ese coche reluciente, que podrías meter en el salón de casa sin manchar nada, brillante, con olor " a nuevo" que el comercial descubre bajo la luz intensa de la zona de entrega. Y luego, las explicaciones sobre el funcionamiento del coche.
Tuve la sensación de que mis amigos no tuvieron esa sensación de estranar coche. De que no es lo mismo el ritual del cocnesionario que recibirlo, embarrado y polvoriendo, en la calle cochambrosa de un polígono industrial.